Enriquecimiento sin desarrollo

Históricamente, la economía boliviana se ha basado en la explotación de recursos naturales. Bolivia era un tesoro para los españoles. Potosí, la ciudad más poblada de América en 1574 (120.000 habitantes), se convirtió en un gran centro minero por la explotación de plata. Los minerales como el oro y el estaño han marcado la economía nacional, pero lamentablemente toda la riqueza del país ha estado en manos de unos pocos. El problema no radica en la pobreza, sino en quiénes controlan las empresas y cómo se usufructúa con los recursos naturales del país.
Cuando Evo Morales asumió la presidencia de Bolivia, figuraban entre sus promesas de gobierno la inclusión de los indígenas en la sociedad y la nacionalización de los hidrocarburos, como una forma de terminar con la estructura neoliberal y la privatización de las empresas en el país. Sin embargo, a pesar de haber cumplido su palabra, este último año el presidente boliviano ha tenido que enfrentarse a los movimientos autonómicos de la llamada “media luna” (regiones de Pando, Beni y Santa Cruz), los que han llamado la atención a nivel mundial, desviando los esfuerzos del gobierno en materia de equidad social.
La marca histórica
La historia reciente del país demuestra cómo jamás se han podido solucionar los problemas de inequidad, debido a la economía rentista predominante en Bolivia.
Tras la revolución de 1952, que levantó al líder del Partido Nacionalista Revolucionario, Víctor Paz Estenssoro como nuevo presidente del país, comenzó un proceso de reformas económicas enfocadas en nacionalización de las empresas mineras.
Entre los años 50 y 60, el país comenzó a nacionalizar sus empresas en varios sectores y el Estado asumió el rol de empresario, promoviendo una clase empresarial incipiente a través de la creación de bancos nacionales de inversión con políticas proteccionistas que dieron un estímulo a la producción nacional. Sin embargo, Paz Estenssoro, tras ser reelegido en 1964, cambió sus políticas e incluso nombró como vicepresidente al jefe de las Fuerzas Aéreas René Barrientos, provocando el descontento social de sindicatos y estudiantes que terminaron por derrocarlo. Lamentablemente, esto dio paso a un gobierno militar que gobernó con políticas económicas conservadoras, reabriendo las minas a los inversionistas extranjeros.
Los regímenes militares duraron hasta la década de los 80, cuando el país se sumió en una crisis inflacionaria debido al desplome del valor del estaño y las malas administraciones castrenses. Sin embargo en 1982, con la elección de Hernán Siles Suazo, Bolivia volvía a un gobierno democrático. El país comenzó la reconstrucción de un estado menos autoritario respetando las libertades civiles, pero hasta el día de hoy, no se ha superado el mayor problema del país: la desigualdad social.
La nueva etapa de Evo
En Bolivia la población indígena representa la mayoría de la población nacional, alcanzando un 62% (cerca de 3,9 millones de personas). En las áreas rurales, 72% de la población habla lenguas indígenas, comparado con un 36% en las zonas urbanas. Lamentablemente, el 10% más rico de los bolivianos consume 22 veces más que el 10% más pobre y casi dos tercios de la población indígena se encuentran entre el 50% más pobre de la población.
Esta enorme desigualdad persistente en el país ha marcado la política nacional. En el año 2000, las continuas peticiones populares por la propiedad de la tierra, el manejo de los recursos naturales y el acceso de las etnias originarias a la política costaron el cargo a dos presidentes –Sánchez de Lozada y Mesa Gisbert- y levantaron a un nuevo líder político. Evo Morales se erguía como el representante de las minorías étnicas.
En el 2002, Evo Morales y el Movimiento Al Socialismo (MAS) lograron el 20,9% de los votos, 1,6% detrás del ganador Sánchez de Lozada. En las legislativas, su partido sacó el 11,9%, lo que se convirtió, en la práctica, en 27 diputados y ocho senadores, transformándose en la segunda fuerza parlamentaria detrás de la alianza del Movimiento Nacional Revolucionario (MNR) y el Movimiento Bolivia Libre (MBL).
Años más tarde, y tras una constante oposición a las políticas de sus antecesores, el 22 de enero de 2006, Evo Morales ganó las elecciones bolivianas con el 54% de los votos. Su historia de vida de esfuerzo y sus raíces indígenas lo alzaron como la máxima expresión del cambio en el sistema político y social del país, en donde se unen las corrientes indigenistas representadas por Evo y la corriente socialista más clásica, representada por su vicepresidente, Álvaro García Linera.
Entre las acciones más importantes del gobierno de Evo, destaca la decisión de nacionalizar los hidrocarburos, idea que se hizo efectiva en mayo del 2006. El estado Boliviano se queda con el 82% de los ingresos y las petroleras un 18%. Pero las políticas socioeconómicas han sido constantemente cuestionadas por el grupo de la “media luna”, quienes exigen autonomía.
El referéndum del pasado 10 de agosto refleja el descontento y la polarización del país, lo que ha comenzado a mermar los intentos de Evo por superar las profundas diferencias sociales en su país. Con la mirada internacional puesta en el conflicto actual, las estrategias para solucionar el problema de la desigualdad en Bolivia han quedado de lado, esperando que este nuevo conflicto se solucione.
Si el presidente continúa con sus políticas a favor de la nacionalización de empresas y la redistribución de riquezas, el país se enfrentará a una serie de cambios que difícilmente dejarán conforme a quienes ostentan el poder económico. Hoy, Evo debe actuar según lo acordado en la reunión de UNASUR y seguir por la vía de los acuerdos y las conversaciones con la oposición, pues demuestran un buen manejo a nivel internacional.
Está claro que si se continúa con las políticas presidenciales y se aprueba la nueva constitución, nos encontraríamos frente a una verdadera revolución en Latinoamérica, pues el apoyo popular a Evo Morales evidencia las enormes necesidades del país –y por qué no, de toda la región- que sigue enfrentando las debilidades históricas de un sistema desigual.
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