Evasión en Transantiago: Un Problema de Mentalidad

Paraderos desbordantes de gente en las horas de mayor afluencia. Caras de descontento e inconformidad. Las micros, si es que pasan, no se detienen a recoger a estos molestos pasajeros, quienes aguidizan sus ya acoloradas exclamaciones.
Por fin un bus se detiene, y la multitud se acerca, precipitadamente, para no perder la oportunidad de llegar a sus trabajos o a sus hogares. La mayoria de los usuarios se acercan a la puerta principal, mientras un número reducido de ellos corre hacia las puertas secundarias del bus, esperando a que éstas se abran, baje la gente que debe bajar, para luego subir a la micro con apuro, evitando que las puertas cierren en sus narices o les atrapen, vergonzosamente, alguna extremidad.
Esto es la evasión. Un fenómeno que prolifera en las calles de Santiago desde la llegada del nuevo sistema público de transportes, en febrero del año 2007, y que ha alcanzado hasta un 20% entre los usuarios, durante el mes de agosto del 2008. El Ministerio de Transportes, que ya ha detectado una pérdida de 100 millones de dólares producto de este fenómeno, ha presentado una campaña contra la evasión, la cual considera inspectores dentro de los buses, quienes harán pagar a los vivarachos que intentaron no hacerlo. Así, se pretende reducir a un 10% el número de personas que no pagan su pasaje.
Entre tanta cifra, evaluaciones del sistema de transportes y cálculos políticos, debe existir un espacio para la reflexión: ¿Por qué ocurre?
Sin duda, el sistema, en muchos sectores de la capital, ha mejorado, en contraste a los primeros días, durante febrero de 2007. Entonces, la excusa del mal sistema no es tan sustentable. La falta de dinero en las tarjetas, es un buen pretexto, pero no cuando son quince las personas que lo aducen.
Quizás, la respuesta a este fenómeno tiene mayor relación con una característica de los chilenos que parece ser transversal. Una cuestión de mentalidad. Los términos vivaracho o pillo, son muy aplicables a nuestra idiosincracia, debido a nuestro recurrente afán de evadir las reglas establecidas, tanto gubernamentales, como nuestros cánones sociales.
Probablemente ustedes y yo sí pagamos nuestro pasaje en cada micro a la cual subimos y tal vez nunca hemos intentado evadir a los fluorescentes guardias que custodian los torniquetes del Metro, pero pudimos haber sentido enojo cuando un chofer no se detuvo donde nosotros quisimos, incluso sabiendo que con el nuevo sistema, sólo se harán detenciones en paraderos autorizados. Aún así pensamos: "Pucha, ¿qué le cuesta al chofer?"
No falta el personaje que exterioriza ese pensamiento, lanzando un grito de elegante contenido al chofer, el cual y, lamentablemente, responde en un tono mucho más distinguido que el pasajero. Sin embargo, lo peor de estas situaciones es la gente que va sentada, cómodamente, mirando hacia la calle. Ya que aunque sientan rabia por una persona que no paga, no son capaces de exigir respetuosamente que ésta pague su pasaje o que espere al paradero. Al parecer sentimos respeto por estos gritones, y nos quedamos sentados, alegando en el pensamiento, evidenciando que esto no es sólo un problema del sistema, sino un fenómeno que radica en nosotros mismos.
Debemos comprender que existen normas y cánones sociales que debemos respetar. No porque, simplemente y sin más, debamos acatar, sino porque han sido creados para la vida en comunidad. Si bien, nos costará mucho, como país, modificar esa burda mentalidad, es un trabajo que debemos comenzar desde ya, y la evasión en Transantiago es una perfecta oportunidad.
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Yo no tengo tanto problema
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