"La vida me mata" no es una película con grandes aspiraciones. Desvaría en reflexiones incompletas sobre la muerte, incluye efectos especiales innecesarios y una apagada actuación principal. Sin embargo, hay algo meritorio en ella que la diferencia de la mayoría de las películas nacionales.
Por Loreto Montero
La opera prima de Sebastián Silva rechaza los clichés que pretenden representar un concepto populista de la identidad chilena. En La vida me mata, recursos manoseados como las escenas de sexo, la marginalidad y el exceso de modismos, pasan a segundo plano.
La historia se centra en Gaspar quien, bajo la interpretación del novato Gabriel Díaz, carga con la muerte no superada de su hermano mayor. Durante la grabación del mediocre corto de una amiga, Gaspar conoce a Álvaro, el personaje de Diego Muñoz obsesionado con la muerte.Luego de una serie de extrañas coincidencias, Gaspar concluye que el excéntrico Álvaro, es la reencarnación de su hermano. A través de él pretende sanar el daño emocional y salir del letargo en que lo dejó la reciente pérdida.