Maldita Ciudad

Es una de las urbes más grandes de Latinoamérica y uno de sus principales centros económicos. Elegida la segunda mejor ciudad para vivir dentro del subcontinente –sólo después de Buenos Aires- Santiago hoy se está cayendo a pedazos. Y no son los edificios, sino el modo de vida. Enormes aglomeraciones de gente, atochamientos insufribles, y altísimos índices de contaminación ambiental hacen que la calidad de vida dentro de esta capital esté bastante lejos de lo soñado. Tanto, que sus propios habitantes la han motejado como Santiasco. Ciegos. No saben nada acerca de la belleza que tienen frente a sus narices.

 

"Maldita ciudad, no es tu mejor momento y aún estás hermosa" le susurra con nostalgia el cantautor Ismael Serrano a su natal Madrid en una de sus canciones. Algo similar le sucede a Santiago de Chile. Guardando las proporciones, claramente. Santiago no es Madrid, ni jamás lo será. Aunque desde cierto punto, se le parece. Quizás por el diseño. Por allá por el año 1541, cuando el alarife Pedro de Gamboa trazó, bajo las órdenes del conquistador Pedro de Valdivia, los primeros planos de lo que sería la nueva ciudad, con sus 28 cuadras originales, lo hizo copiando el modelo de las grandes urbes de su natal España. Es decir, en forma de damero (dividida en cuadras), imitando sus plazas de armas en el centro, con sus edificios más estratégicos y emblemáticos alrededor. Se fundaba así la ciudad de Santiago del Nuevo Extremo, la que sería la capital de Nueva Extremadura, los últimos dominios del Rey Carlos I en las recientemente descubiertas Indias Occidentales, hoy llamadas América.

Han pasado 468 años desde aquel 12 de febrero en que fue fundada la ciudad, y volviendo a la canción de Serrano, es posible darse cuenta de que Santiago no está en su mejor momento. Pero tiene su encanto. Una suerte de belleza escondida, que detrás de todas las fealdades que se muestran a simple vista, resulta difícil encontrarla. Pero existe. Y es cosa de buscarla para poder apreciarla. Santiago es algo así como la chica fea del curso, pero que en realidad no lo es tanto. Esa que es infinitamente menos agraciada que las chicas lindas, y de la cual los chicos populares suelen burlarse delante de todos por sus enormes lentes, sus frenillos, su peinado pasado de moda y su personalidad retraída. Pero que en el fondo piensan -y saben- que esa misma chica, con un peinado más moderno, con lentes de contacto y sin frenillos, es una de la cual estarían orgullosos de presentarla como su novia frente a sus amigos o su familia.

Basta recorrer sus barrios más emblemáticos-pero-no-reconocidos, como Lastarria, Paris, Bellas Artes, Concha y Toro y Brasil, entre otros, para darse cuenta de esto. Las lujosas construcciones del siglo XIX,  viejas casonas coloniales en donde habitaban las familias de la aristocracia santiaguina (hoy autoexiliada a los pies de la cordillera de Los Andes), sobreviven entremedio de modernos edificios improvisados, que se reproducen sin ninguna planificación de por medio, y que para tristeza de muchos arquitectos están destruyendo el encanto histórico de Santiago, y que para comodidad de la clase media emergente permiten vivir en el centro de la ciudad por poca plata. Ese centro al que aún le quedan unas cuantas calles con adoquines por las que se hace agradable caminar, sentarse a tomar un café, almorzar, o perderse en la tarde-noche en algún club de jazz, que son pocos pero suficientes, y que sirven para dar inicio a la noche santiaguina, ya sea en el barrio Bellavista, en Suecia o en la calle Manuel Montt. Esa noche que es mil veces menos cool que la del barrio de Palermo en Buenos Aires o de Barrancos en Lima, ya que son pocos los santiaguinos bohemios; pero que si se busca, se encuentra.

Pero antes de dar paso a la noche, nada mejor que el mejor espectáculo gratuito que brinda la ciudad: quizás sea por el smog, pero algún fenómeno extraño hace que en Santiago se vea por unos minutos un atardecer de colores hermosos, especialmente en otoño y primavera, con el cielo y las nubes adquiriendo un fuerte tono rojizo que es capaz de competir a la par hasta con los cielos más sublimes pintados por Claude Monet.

Gente gris

Sin embargo, los santiaguinos parecen no darse cuenta de la ciudad en la que viven. Es que en realidad cuesta apreciar la hermosura entremedio del caos vial, los bocinazos, el cielo teñido de gris por culpa del smog -a excepción, claro, de los escasos minutos del crepúsculo-, las aglomeraciones en la calle, los mendigos tirados en las esquinas del centro,  y para qué hablar del infierno en que se puede convertir algo tan simple como tomar una micro en hora punta, debido al deficiente sistema de transporte público que posee la capital (a pesar de ser, Dios, uno de los más ordenados de Latinoamérica). Pero no culpemos a la ciudad. Ella es la víctima de todo esto. La culpa es de la gente. De la sobrepoblación que posee Santiago, con casi 7 millones de habitantes repartidos en sus 641 kilómetros cuadrados.

Si Santiago tuviera la mitad de los habitantes que tiene actualmente, de seguro sería una de las mejores ciudades del mundo para vivir. Por lejos. Es cosa de recorrerla cualquier sábado de febrero -periodo de vacaciones, en donde la mayoría de la gente viaja a la playa- para encontrarse con una ciudad totalmente distinta a la que se presenta un lunes de marzo. Pero los sábados de febrero son una excepción. Lo normal es el caos. Más de un tercio del total de los habitantes del país se encuentra hacinado en esta ciudad, la que a pesar de los millones y millones de dólares invertidos por el gobierno en autopistas urbanas y mejoras viales, sigue siendo un caos en ésta materia. Recorrer en auto cinco kilómetros por una de las principales avenidas un martes a las siete de la tarde puede transformarse en algo eterno. Es que lidiar día a día con un parque automotriz de casi dos millones de autos no es cosa fácil.

Porque, además, en Santiago no se camina. No se anda en bicicleta ni se hace deporte. Salvo un puñado de excepciones, la mayoría de los santiaguinos anda en auto. O si no en micro o metro. Olvídense de la bicicleta, en un lugar donde las ciclo vías brillan por su ausencia. Aunque durante los últimos tres años se han comenzado a diseñar algunas, éstas siguen siendo poco seguras, por lo que es bastante probable terminar atropellado, en esta ciudad en donde echar el auto encima es una costumbre imposible de eliminar. Aunque nuevamente, en comparación con el resto de los latinoamericanos, el santiaguino es bastante educado para conducir. Por esto, y por la contaminación, y por la delincuencia (si sales a trotar con tu Ipod es probable que regreses sin él) en Santiago no hay cultura deportiva, y los gimnasios sólo se llenan cuando ya quedan un par de meses para el verano, y la gente, acomplejada y arrepentida de los McDonald's, de los completos gigantes, y de las sopaipillas de la esquina, acude a intentar eliminar algo de kilos y de culpa.

Esos kilos y esa culpa que hacen que los santiaguinos no sean felices. Basta subirse al metro o a una micro y observar las caras de la gente. Nadie, pero absolutamente nadie, parece ser feliz. Por lo general van con una expresión seria, ojos somnolientos, y un dejo de incomodidad. Dan la sensación de que están atrapados en un traje, en un vagón y en una ciudad en donde no les gustaría estar. Si tan sólo omitieran por un momento lo desagradable de Santiago y disfrutaran de las infinitas posibilidades que puede entregar. Pero no. El santiaguino no está acostumbrado a pasarlo bien.

El santiaguino es un poco ñoño. Si hubiese que graficarlo, no es el tipo medio romántico y medio ganador, canchero, que gusta de salir con los amigos, tomar Quilmes, comer bifé chorizo y agarrarse minas, como sí se podría graficar al bonaerense. El santiaguino, en cambio, es más perno. Se acuesta y se levanta a la hora que debe, trata de hacer bien su pega, aunque muchas veces no pueda y le guste más sacar la vuelta, es más bien tímido y apocado, y sólo carretea los fines de semana. Ni hablar de salir durante la semana. Con suerte unos happy hours después de la oficina. Y ojo, hasta tempranito. El santiaguino promedio es un tipo correcto. Es cartuchón. Al menos en lo público, porque en lo privado es como todos.

La represión social es mucha en un país reconocidamente conservador. Y la carne es débil. El santiaguino es caliente, es un tipo normal, pero que debe moderarse frente a los demás. No vaya a mostrar la hilacha. Qué va a pensar el vecino. Qué va a pensar el compañero de trabajo. Pero una vez solo, sin que nadie lo vea, le da lo mismo todo. Por eso la popularidad de las actuales series nacionales como Infieles o de películas como Grado 3. Porque muestran los bajos instintos que los chilenos no muestran en público pero sí disfrutan en privado. Y lugares en Santiago en donde liberar esos bajos instintos abundan. Aunque semi escondidos. Lógico. Porque de un barrio rojo en Santiago, ni hablar. Ya lo han propuesto en reiteradas oportunidades diversas autoridades de todos los sectores políticos, sin mayores resultados.

Pero aún así no es difícil encontrar algunos topless o prostíbulos al recorrer durante la noche el sector de Plaza Italia. Esa plaza que no es una plaza, y que tampoco se llama así. Que en realidad no es más que una pequeña rotonda de césped en medio de una de las mayores intersecciones de la ciudad. Un pequeño manchón verde en el lugar donde la Alameda se transforma en Providencia, y donde ambas arterias se encuentran con la avenida Vicuña Mackenna, que se llama así en honor a un intendente del Santiago de principios del siglo pasado que le dio a la ciudad gran parte de lo que es su cara actual construyendo, entre otras cosas, el hermoso paseo del cerro Santa Lucía, con sus viejos cañones y sus miradores, desde los cuales es posible apreciar gran parte de Santiago Desde donde es fácil apreciar el caos vial que hay en la Plaza Italia, que en realidad se llama Plaza Baquedano, en honor al general Manuel Baquedano, comandante en jefe del Ejército chileno durante la Guerra del Pacífico, pero que es más conocida por su antiguo nombre. Esa plaza que divide a Santiago en dos. Donde los que viven más arriba de ella, hacia el oriente, hacia la cordillera, son personas decentes y con dinero, y los que viven más abajo constituyen el perraje, los pobres, la parte fea de la ciudad.

Arriba y abajo

De Plaza Italia para arriba están los edificios abeceúno con terrazas top, las altísimas oficinas cubiertas de espejos, las calles limpias y bien cuidadas. A medida que uno sigue subiendo y se va acercando a la precordillera, van apareciendo los barrios residenciales, las áreas verdes, mantenidas por regadores automáticos y ornamentadas por jardineros municipales o privados. Abundan las avenidas anchas bajo la sombra de altísimos árboles, por lo general plátanos orientales, que tantas alergias provocan a las ya desgastadas vías respiratorias de los santiaguinos en primavera, pero que ayudan a mitigar los poco más de 30 grados que se dejan caer sobre la ciudad en verano. Aparecen también los 4x4, los Dodge, los Jeep y los Mercedes con vidrios polarizados, en una ciudad donde no hay siquiera calles de tierra ni asesinatos por encargo que puedan justificar aunque sea en parte los motores de más de 3.500 centímetros cúbicos ni los oscuros cristales que no permiten ver al ejecutivo que va adentro. Un ejecutivo que gana seis, ocho o diez veces más que varios de los empleados de su empresa, que trabajan en el mismo lugar que él, pero que viven más abajo de Plaza Italia. Quizás en comunas como Maipú, Cerro Navia, La Pintana o Pudahuel. El ejecutivo, en cambio, de seguro vive en Las Condes, Lo Barnechea, Providencia o La Reina.

Éstas últimas no sólo parecen una ciudad completamente distinta si las comparamos con las primeras. Parecen, en realidad, un país distinto. Porque si en las últimas encontramos los jardines, edificios, 4x4, y gente de pelo claro y piel blanca, en las primeras en cambio encontramos villas, poblaciones, autos destartalados, micros rayadas, calles sucias, pocas áreas verdes y personas morenas. Es la enorme división que hay en Santiago, una de las ciudades más clasistas del mundo y con los peores índices de distribución de los ingresos. Por algo es justamente Plaza Italia, el punto que divide de manera tan agresiva a los santiaguinos, el lugar que también los une, a la hora de celebrar triunfos deportivos y realizar manifestaciones sociales.

Un poco más abajo se encuentra el casco histórico de Santiago. Está el Palacio de La Moneda, principal sede del poder ejecutivo, la Plaza de Armas y los edificios más simbólicos, como la Catedral, la Municipalidad, la Intendencia y varios ministerios. Para acceder a la Plaza de Armas, desde la Alameda y a pie, es necesario recorrer el Paseo Ahumada, el verdadero centro de la ciudad. Un puñado de cinco o seis cuadras que están repletas de gente a toda hora del día -aunque de noche están desiertas y puede resultar una peligrosa aventura transitar por sus baldosas, a pesar de  las cámaras de seguridad-. Es aquí donde confluyen todos los tipos de santiaguinos: ejecutivos y juniors, oficinistas y secretarias, viejos y jóvenes, punkies y raperos; éstos últimos agolpándose a la salida del Eurocentro, una de las principales galerías de ropa y accesorios para tribus urbanas y sede estratégica de modas importadas desde Estados Unidos y Europa. Todo esto a sólo pasos de tiendas más tradicionales como Falabella, Ripley o Paris. En el Paseo Ahumada uno puede encontrar todo lo que necesita para vivir. Desde McDonald's hasta sushi. Desde camisas a dos mil pesos hasta finos trajes importados. Sí, estamos en Santiago.

Bajando aun más nos encontramos con el barrio República, también llamado barrio universitario, adivinen, por la gran cantidad de universidades e institutos de educación superior que se instalaron allí a fines de los ochentas y principios de los noventa, cuando la transición a la democracia le daba nuevos aires de libertad a la ciudad. Esa libertad de la que gozan los estudiantes de hoy en día que caminan distraídamente por las calles del barrio universitario. Aunque si fuera por eso, el nombre que mejor le vendría sería el de barrio cervecero, ya que la cantidad de bares, tabernas y tugurios en donde tomarse una chela después de clases supera con creces al número de instituciones académicas, y que, cabe destacar, durante las tardes siempre están llenos. Pero qué va. Así es Santiago. Así son sus jóvenes; los que, al parecer, en un futuro cercano tendrán más vida nocturna que sus padres.

Esos mismos jóvenes que nacieron y crecieron en el Santiago pujante de los noventas, y que en un futuro vivirán, dependiendo de cómo les vaya en la vida, de Plaza Italia para arriba o de Plaza Italia para abajo. Que tendrán su 4x4 con vidrios polarizados o que andarán en micros rayadas que no pasan nunca. Que pondrán a sus hijos en los mejores colegios del barrio alto o en algún liceo fiscal cerca de la casa. Pero que, independientemente de lo uno y de lo otro, tendrán algo en común: vivirán en Santiago. Esa ciudad de los atardeceres rojizos y bellezas escondidas. Esa ciudad repleta de smog, de gente y de atochamientos. Esa ciudad que, definitivamente, no está en su mejor momento. Porque Santiago generalmente está mal. Pero aún está hermosa. Aunque cueste apreciarlo.

efectivamente somos mas de 7

efectivamente somos mas de 7 millones de santiaguinos cansados de vivir en una ciudad extresante y hostil aca en la capital deberian lanzar la intendencia metropolitana y ahora el nuevo presidente el sr piñera campañas de inversion cultural variada para todo los gustos sea la condicion asi podremos dar un gran paso como ciudad,ahhh y de paso tratar de reducir la excesiva desigualdad social de santiago como ciudad,ya que estamos dentro de la ciudades con mayor desigualdad social en el mundo. gracias....

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