LA VIDA CHORIZA

Cae la tarde y el gimnasio de la Federación Chilena de Boxeo comienza a oscurecerse. Sacos rellenos con guaipe prensado cuelgan impasibles en cadenas tendidas desde una estructura metálica que ocupa dos de los cuatro lados del salón. A un costado, y acaparando casi toda la otra mitad del espacio, yace el cuadrilátero de combate. Aunque los baños fueron limpiados durante la mañana, el lugar huele a trapero usado. Al cabo de pocos minutos comienzan a llegar los primeros boxeadores. En realidad no son boxeadores, son amateurs que practican por hobby, y quizás, quién sabe, en unos años podrán hacerlo de forma profesional.
Poco antes de que oscurezca aparece la figura de Ramón Acuña (60), más conocido como "el Chorizo". Él entrena a los profesionales, o a los que pronto lo serán. Es bajo, macizo, y lleva 30 años formando boxeadores. Pedro Miranda, Freddy Rojas, Benito Badilla y el actual campeón nacional de peso Súper Gallo, Moisés "Matador" Gutiérrez, son algunos de los nombres que han llegado lejos junto a el Chorizo. Hoy, justamente, el Matador viene a entrenar.
El Chorizo pasea un rato por el gimnasio y luego camina a su oficina, instalada en una pequeñísima habitación del edificio. Comienza a enrollar los retazos de género con los que vendará a sus pupilos. La luz no funciona. Lleva días pidiendo que la arreglen. Pero al igual que la luz, en la federación las cosas no funcionan como en las películas.
-Acá los cabros vienen a puro huevear. He sacado a muchos campeones, pero la mayoría se pierde -alega el entrenador mientras apunta a los recortes que tiene pegados en las frías murallas de su oficina -. El mismo Moisés, poh. Lo saqué campeón nacional, lo llevé a Sudáfrica a pelear el título mundial. Pero ya no es el mismo; tiene 28, y parece de 16. Se creen la raja y se van a la chucha.
En eso tiene razón. Con minutos de retraso y sin parecer que le importe mucho, el Matador aparece rimbombante coreando las cumbias que suenan en el recinto, con casco de moto y bolso en mano. Después de un calentamiento sube al ring a caminar y lanzar puñetazos al aire. Es engreído. Sabe que los nuevos lo están mirando. Se luce.
-Sácale la chucha a ese huevón -dice el Chorizo al Matador apuntando a otro joven que da vueltas en el ring.
-Ya, tranquilo -responde el Matador.
-Me quedó debiendo una pelea el maricón.
El otro luchador había sido entrenado por Acuña, también. Tuvieron una discusión, y este lo echó. Ahora el tipo se entrena con el Pato Artiga, otro entrenador de la federación, con quien el Chorizo admite una rivalidad.
Ambos entrenadores se miran de reojo. Sus muchachos suben al ring. Todos en el salón saben lo que va a pasar; una pelea no-oficial, picante y llena de resquemores. Ambos se saludan con un dejo de bronca, y ¡paf!, comienzan los derechazos, ganchos y más derechazos. El Matador sabe pegar. Es claramente superior a su contrincante. Por algo es el campeón de Chile.
"¡Tiempo!", grita el Chorizo. Los dos combatientes se van a sus esquinas y cada entrenador da sus indicaciones.
- ¿Cachaste? Eso es sólo el guanteo -se jacta el Chorizo, refiriéndose a lo que acaban de hacer los dos luchadores, que es como el calentamiento.
Después de seguir peleando un buen rato, el Matador se nota exhausto. No es el mismo boxeador que antes. Hoy la promesa del boxeo nacional es otro. Le dicen "El Maldad". Se llama Héctor Medina, y tiene 20 años.
EL CHORIZO
Tenía sólo 10 años cuando, por el sorteo de una sandía, tuvo su primer enfrentamiento. El Chorizo, que entonces no se apodaba así, era uno de los tantos niños que corrían y jugaban fútbol en las calles de San Joaquín. Un día, uno de los Cornejo, conocida familia de la zona, ligada al boxeo y el comercio, ofreció una jugosa sandía a quien le ganara a todos peleando.
-Me acuerdo que le saqué la cresta a todos. No importaba el porte, la edad, nada. En la cuarta pelea me tiraron a uno mucho más grande, y yo ya estaba cansado, así que le pegué una patada en los huevos. Había que ser vivo, yo fui vivo, y gané po -presume el Chorizo.
Después de ese acontecimiento a finales de los 50, en el que descubrió su gusto por el pugilato, Acuña comenzó a asistir a las escuelas de boxeo de la FAMAE y del Club de Ferroviarios, aunque nunca llegó a ser profesional.
Además se dedicó al fútbol, su otra gran pasión. Jugó como central por el Municipal de Santiago, de segunda división, y por otra serie de clubes de la zona. Jugando contra Unión Española anotó un gol olímpico, y el "Coco" Rubilar, que era de su población y jugaba por la colonia, se lo recomendó a sus dirigentes, quienes luego del partido lo contactaron para incorporarlo a sus cadetes. Jugó siete años por Unión hasta que, según él, se perdió.
-Era muy agrandado. Me juntaba con los jugadores profesionales -muchos de ellos seleccionados-. Salíamos, nos tomábamos unas cervecitas, y yo les seguía el juego. A los 17 me casé, creía que el fútbol era mi porvenir, pero me equivoqué.
Como era el último de cinco hermanos, fue el más mimado. Cuando se casó, sus padres le regalaron un departamento en Gran Avenida, de donde no se ha movido hasta el día de hoy.
-Yo hacía lo que quería, tenía de todo. Siempre he sido flojo, cafiche de mis viejos, y después de mi señora. He trabajado sólo ocho años de mi vida -afirma entre orgulloso de su viveza, y culposo de su desvergüenza.
Su padre, un reconocido jinete de la época, quería que su hijo siguiera sus pasos. Pero él decía que no, que su pasión era el fútbol o el boxeo. Un día lo quebraron, y de a poco sus expectativas comenzaron a desvanecerse, por lo que optó por dedicarse de lleno al boxeo. "Comencé por pituto, haciéndole la parte física a gente como Benito Badilla. Después me fui a Cuba, con Martín Vargas, a titularme como Entrenador Profesional, y aquí estoy", comenta.
Se separó de su señora, y desde entonces ha vivido solo, en el mismo departamento que obtuvo como regalo familiar, al tres y al cuatro, ya que nunca ha tenido que mantener a nadie, ni siquiera a sus propios hijos.
A pesar de los defectos y desvaríos que pueda tener, el Chorizo es querido por sus pupilos. "Me da seguridad. Sé que con él voy a ganar, y si no, por lo menos estoy con un grande", sostiene el Maldad Medina pensando en su prometedor futuro.
El Boxeo está lleno de rumores, envidias y odios, y el Chorizo también tiene sus contrincantes. Dentro de la federación algunos aprovechan su ausencia para referirse a él con bromas, y pinchazos. Pero él no se queda atrás. Cuando puede, lanza fuertes críticas a sus colegas.
-Estos hueones creen que esto es llegar y entrenar. Pero uno tiene talento, a mi los chicos me llegan solos, no ando contando cuentos.
CUANDO ESTUVIMOS A PUNTOS
31 de marzo, 2007 - Johannesburgo, Sudáfrica - El Wembley Arena está repleto. Algunos niños con poleras gigantes corren por las gradas, otros, más audaces molestan directamente al Matador y su técnico. Hoy es un día especial para ambos. Se están jugando todo por conseguir el título de la Asociación Mundial de Boxeo, y para eso deberán derrotar a Jabula Vauaza (campeón mundial súper gallo, 22º en el ranking), un tipo dos cabezas más alto que el Matador y de brazos bastante más largos, para llevarse el cinturón a Chile.
Después de una breve introducción, de la que ambos reconocen no haber entendido nada, el maestro de ceremonia nombra a Moisés "Matador" Gutiérrez de Chile para que suba a la lona. El Chorizo tarda en aparecer, pero al fin llega. Gutiérrez luce una bata blanca brillante, lanza puñetazos hacia la cámara, y dice cosas. Comienzan a caminar por el túnel del estadio, hasta que salen frente al cuadrilátero. Un grupo de personas les dan una tibia, por no decir fría, bienvenida a los chilenos, antes de que suban al ring. En cambio, cuando el hombre de terno parado sobre la lona nombra a Vauaza, el estadio entero se enciende. Aparece el padre y entrenador del pugilista, un africano de más de dos metros, y su hijo luciendo una bata roja. Ambos están muy confiados, saben que están en casa y que ganar será cosa de minutos.
El Chorizo revive este momento de su carrera cada vez que puede. Es viernes por la tarde, y arrastra al living de su casa un mueble con un televisor y un reproductor de dvd, para mostrar orgulloso aquella pelea.
-Me da nostalgia ver estos videos. Cuando viajábamos harto, cuándo nos iba bien. Pero ahora las cosas están malas, y no nos llaman tanto como antes.
Además enseña jactancioso un centenar de fotografías y recortes de artículos, pegados en murallas y al interior de varios álbumes de recuerdos. Con Badilla, Gutiérrez, el Caté Ibarra, muchas con Martín Vargas, dentro y fuera de Chile, cuando entrenaba y jugaba fútbol, títulos, diplomas, y un poco de fama. Aunque el pugilato nunca ha sido muy atendido en Chile, el Chorizo supo hacerse su espacio en este deporte, y llegó a ser de los grandes e importantes. Pero hoy, ya con 60 años, de ese Chorizo vivo y ganador, queda poco.
El micrófono de la cámara alcanza a captar algunas instrucciones del Chorizo, apoyado en una de las esquinas del cuadrilátero. "¡Agarra el centro Moisés!", exclama. No se nota muy nervioso, porque hasta el momento el enfrentamiento se ha dado en condiciones parejas. Ninguno ha pegado demasiado más que el otro. A ratos el Chorizo se entusiasma con los derechazos del Matador, que parecen aturdir a su contrincante. Pero todo es contrarrestado por los izquierdazos del africano, que también parecen aturdir. Caminan, saltan, se sostienen el uno al otro cuando el cansancio los supera, y luego siguen. Ninguno cede.
Para estas ocasiones especiales, cuando se disputan títulos importantes, las peleas son de doce rounds. Aquella vez, confiesan los dos, fueron doce largos rounds. Una pelea que duró más de hora y media, y que el africano ganó por sólo cuatro puntos. Una pelea que, de haberla ganado, pudo haber cambiado sus vidas; millones de pesos para ambos, el primer cinturón de la AMB, orgullo, fama y mucho más.
Hoy ambos viven la misma vida que antes de aquel enfrentamiento. El Matador sigue entrenando, y el Chorizo sigue solo, en el mismo departamento, gracias a unos cuantos pesos que recibe como entrenador de la federación, entre videos, fotos y recuerdos.
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grande chorizo!!!
yo conozco ramon y me parese
yo conozco ramon y me parese
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