Cuando el hombre se convirtió en Dios

Brasil es un país tropical y la lluvia asecha constantemente, ese día no fue la excepción; un cielo negro se posaba sobre Sao Paulo el 19 de Noviembre de 1969. Aunque algo extraño había en el ambiente, al parecer la oscuridad del día sólo aceptaba que el cielo se despejara de vez en cuando y las estrellas brillasen por algunos momentos; tal vez era para darle la bienvenida a un nuevo astro que había caído sobre la tierra y que tenía destino de subir al cielo y alumbrar para siempre con su poderosa luz: Pelé estaba a un tanto de gritar gol por milésima vez y de paso ganarse un lugar en el firmamento junto a las demás estrellas.
Ese 19 de Noviembre, el Maracaná se repletó, nadie se quería perder la oportunidad de observar a ese ángel de ébano, quien estaba a punto de convertirse en el primer futbolista en anotar mil goles y cambiar para siempre la historia del fútbol.
Y no sólo Sao Paulo y Brasil querían mirar este gran suceso, sino que muchos otras personas en el mundo se pegaron frente a sus televisores, esperando que se transmitiera el partido, para luego poder contarle a sus nietos que ellos presenciaron el momento en que un joven alto y moreno pasaba de ser un simple mortal a convertirse en un semidiós que se ganaba por derecho propio un lugar en el Olimpo del fútbol mundial al convertir por vez mil.El descalzo de Tres Corazones
Edson Arantes Do Nascimento había nacido en 1940 en Tres Corazones, un pequeño pueblo cerca de Sao Paulo. Su padre Dodinho había sido jugador profesional, y le había inculcado el amor por el fútbol. Ya desde muy niño, el aún Edson empezaba a practicar y mostrar su talento, jugando con los demás niños del barrio o golpeando la pelota contra las murallas: izquierda y derecha, izquierda y derecha, y sólo paraba hasta que su madre lo llamaba para entrarse a dormir.
El Santos se fijó en este niño prodigio y decidió contratarlo. Pelé sólo tenía 16 años y se preparaba para su debut el 7 de septiembre del ´56, Santos v/s Corinthians. El partido estaba 5-1 a favor del equipo de Pelé y el entrenador decide meter al juego a aquel pequeño de ojos saltones, que miraba atentamente el partido desde el banco. Sólo unos minutos después, el joven de Tres Corações eludía a cuanto rival se le ponía enfrente y decretaba el 6-1 definitivo y el comienzo de una leyenda.
Pasaron los partidos y el joven Pelé era titular indiscutido en Santos; debutaba por la selección brasileña con un gol ante Argentina y se ganaba un boleto para jugar la Copa del Mundo de Suecia ´58. A pedido de sus propios compañeros, Pelé dejaba su lugar en la banca para jugar el mundial como estelar desde el tercer partido frente a los soviéticos. Pelé no defraudaría y seguiría su camino hacia el estrellato, anotando tres goles ante Francia en semis y deslumbrando al mundo con su actuación en la final frente a los locales, marcando un gol de antología con globito a un defensa incluido. Así Pelé se convertía en el jugador más joven en ganar una copa mundial.
El estadio del Santos, Villa Delmiro, se llenaba cada semana con fanáticos que usaban como excusa ver al Santos, cuando en realidad sólo llenaban el estadio para admirar a Pelé. Finta tras finta, amague tras amague, gol tras gol, Pelé iba rompiendo records y logrando hazañas dignas de un mito. Ganó el mundial del ´62 en Chile, múltiples campeonatos estaduales y nacionales con el Santos, además de dos Copas Libertadores y dos intercontinentales. Se ganó la admiración de muchos, y también la envidia de otros. No sólo lo aplaudían, sino que algunos no aguantaban sus trucos y lo golpeaban duramente; así salió lesionado en el mundial de Inglaterra ´66.
Pero la mayoría amaba a Pelé, sobre todo los brasileños, que lo declararon tesoro nacional, impidiendo que fuera transferido a Europa. Pelé se quedo en Brasil, reinventando el fútbol cada vez que sus botines tocaban el balón; siguió encandilando con su talento y haciendo lo difícil de forma fácil; Pelé continuó haciendo lo que mejor sabía hacer: Goles y batir metas. Para 1969, su nombre era lo más cercano a Dios y colgaba en su espalda la monstruosa cifra de 29 títulos y 999 goles; el gol mil y su inmortalidad estaban por llegar.
Un grito de gol atragantado
El 19 de noviembre de 1969, el Maracaná estaba repleto, más de 100 mil personas en el estadio, millones tras un televisor y las estrellas esperando a su nuevo miembro, veían como Vasco Da Gama y Santos entraban a la cancha, roceados por la incesante lluvia, y con un Pelé expectante por quedar en la historia del fútbol.
Todas las miradas estaban sobre aquel ángel de ébano, que había pasado de ser un delgado niño que soñaba en convertirse en jugador profesional, a un corpulento y avezado futbolista, que sólo esperaba gritar gol una vez más para quedar inmortalizado en el tiempo.El silbato del juez dio la partida y el estruendo del Maracaná no demoró en llegar. El mundo rugía de expectación y los países se teñían de samba y carnaval, viendo como los hombres más talentosos del mundo desplegaban tanto fútbol en una sola cancha.
Cada vez que Pelé tomaba el balón, el público gritaba como si el mundo se fuera a acabar, y Pelé no los defraudaba, metía algún enganche o disparo que levantaba a la afición. El Santos bailaba en torno a Pelé, los otros 10 integrantes del equipo hacían todo lo posible para que su ídolo pudiera marcar un gol, trabajando generosamente, como los planetas que giran alrededor del sol.
Pero como en todo cuento de hadas, tiene que existir un villano, que opaque al protagonista y se esmere en frustrar al consentido. Y esta historia no fue la excepción; si Pelé vestía de blanco, reluciendo y entregando luz a todos, Edgardo Andrada, portero del Vasco, era su antítesis, completamente cubierto de negro, Andrada se jugaba el partido de su vida, volando como nunca, con tal de amargar a Pelé y no quedar como el arquero que sufrió el milésimo gol del astro.
30 minutos del primer tiempo, y el cero a cero no amainaba el estruendo que había en el estadio. Pelé agarra el balón a la entrada del área grande, elude a un defensa, y le pega al primer palo. Un fuerte remate, que llevaba el impulso de millones de personas que querían ver al moreno lograr su meta; pero Andrada no quería records; y estirándose cuan largo era, se lanza parar atrapar la pelota; y logra rozar el balón con su mano derecha, pudiendo ahogar el grito de millones de personas al mandar el balón al “corner”. Pelé se agarra la cabeza, pero no disminuye sus ánimos y corre para hacer el tiro de esquina.La lluvia era cada vez más fuerte, igual que los gritos del público y la presión del Santos por anotar un gol. 45 minutos, el juez decide que la primera parte ha concluido, dejando el hambre de gloria en espera, y a cien mil personas atragantadas por un grito de gol.
Seguro que Pelé sentía la presión. En 45 minutos no había podido darle esa alegría a su público, ni tampoco satisfacer su vicio: anotar un gol.
Los 15 minutos del descanso se hicieron eternos para el estadio, que rugía incesantemente esperando la vuelta de los equipos a la cancha. La lluvia no paraba y el Vasco Da Gama salía nuevamente al terreno; también venía el Santos, con Pelé al final del equipo, con una cara que sólo reflejaba concentración.
El árbitro echa acorrer su reloj nuevamente, y el Maracaná se viene abajo una vez más. Otros jugadores del Santos toman el balón, pero el público es indiferente, sólo quieren ver en acción a Pelé. El astro rey toma la pelota nuevamente y trata de encarar a los rivales y a la historia; se saca a uno y tira a portería, pero su remate es débil y no puede batir al villano Andrada. El cielo aún seguía nublado cuando los ánimos de la “fanaticada” santista se empezaban a apagar y la ilusión del gol mil de Pelé quedaba en duda. Ya corrían 65 minutos del partido.
Minuto 76. La lluvia cesa por un momento, el cielo se abre un poco y Pelé toma la pelota en mitad de cancha. El Maracaná revienta por los gritos, pero Pelé está en otro lugar, cuerpo caliente y mente fría, concentrado sólo en llegar hasta donde Andrada y poder tocar el cielo. Pasa a uno, como una gacela que corre por la sabana escapando por salvar su vida; viene el segundo, y ahora Pelé es una pantera que irradia potencia y confianza, desplazando a sus opresores; contra el tercero Pelé se convierte en el símbolo del Santos, un pez, que se escurre entre sus rivales y zafa de la asfixiante marca hábilmente; para el último elige ser un cóndor, que vuela por los aires demostrando arrogancia y demostrando que es quien vuela más alto y que ve a los demás desde arriba, siendo el más cercano a Dios.
Pelé fue derribado justo antes de entrar con balón y todo dentro del arco, incluso dicen que en ese momento alcanzó a arrancar un pedacito de gloria eterna. El árbitro no dudó ni un segundo, corrió hasta el punto del penal y sancionó la falta. Un estadio rebosante de algarabía saltaba y festejaba, abrazos, samba y carnaval incluso lograban traspasar kilómetros y televisores, contagiando al público del mundo que no sacaba un ojo del partido. La lluvia vuelve a caer sobre Brasil
A doce pasos de la inmortalidad
Pelé no quería tirarlo, pero cien mil en el estadio, más el resto del mundo, lo obligaron a correr el riesgo con tal de consagrarse. Todo el resto del equipo del Santos se alejó del lugar, dejando a Pelé solo contra Andrada. “Si el arquero paraba el balón o si daba en el travesaño, no había ningún jugador del Santos cerca porque todos formaron una hilera en medio del campo. Algo nunca visto”, señaló el astro brasileño .
Cogió el balón, su mejor amigo, y lo colocó suavemente en el manchón del penal. Por primera vez en la historia, el Maracaná era un desierto, totalmente en silencio, esperando el cobro. Andrada y Pelé separados a doce pasos, Pelé y la historia separados por doce pasos. El árbitro pita, Pelé corre hacia la pelota, mira de reojo al portero y despacha un remate incontenible, imposible de atajar. No podía fallar, los dioses no suelen fallar.
El mundo se paraliza por unos segundos, el Maracaná grita y sigue gritando, las estrellas preparan la bienvenida, Andrada aún está tirado en el piso, el relator queda ronco de gritar gol y Pelé se arrodilla en el césped mojado, llora y extiende los brazos al cielo, vuelve a estar en Tres Corações, vuelve a pisar la cancha de tierra de su niñez, donde jugaba con los pies descalzos, de donde creía haber nacido su apodo de Pelé, al jugar sin zapatos, pero más tarde descubrió que en hebreo Pelé significaba milagro. Quien lo apodó así no se equivocó.
El partido se acaba en ese instante, Pelé es levantado por sus compañeros, y es llevado en andas; los fanáticos lo abrazan, lloran, gritan y todos quieren tocar a Pelé, todos quieren un poco de cielo.
Pelé sigue llorando, muy emocionado, recuerda su pasado de pobreza y esfuerzo, sabe que su vida no será la misma, sabe que los dioses no pueden estar mucho con los mortales, pero Pelé decide dejar atrás un poco de gloria y seguir disfrutando como un humano más, aunque sabe que su lugar está más cerca del cielo que de la tierra.
Los periodistas se abalanzan sobre él, le hacen mil preguntas, pero un muy emocionado Pelé se dedica a decir que cuiden a los niños, que los respeten y quieran, que son lo más importante, como queriendo volver de nuevo a su infancia en Tres Corações. El nombre de Pelé hacía eco en todo el mundo.
De Pelé a Dios
Ese día marcó el final de la vida de hombre de Pelé, convirtiéndolo en una divinidad, mito o historia. Marcó el hecho del primer y único futbolista que ha anotado mil veces; pero Pelé no se quedó ahí, siguió esparciendo su talento por las canchas del mundo. Un año más tarde se consagra como el único jugador en ganar tres copas mundiales, al adjudicarse el mundial de México ´70, junto al mejor equipo de todos los tiempos, en el que compartió con otros dioses vestidos de verde y amarillo como Jairzinho, Rivelinho, Tostao y Gerson, además de dejar su imagen una vez más en las retinas del mundo al anotar de cabeza contra Italia en la final, con un salto digno de los dioses o de Pelé. “Yo pensé: él también es de carne y hueso, como yo... pero yo estaba equivocado”, confesó Tarciso Burnigch, defensa italiano encargado de marcarlo en dicha final.
Se acerca el retiro y Pelé parte a colonizar de fútbol a Estados Unidos. Deja el fútbol en 1974, pero su gol mil y la leyenda del hombre que alcanzó el cielo inmortalizando la camiseta número 10 sigue viva para la eternidad.
Pelé siguió regalando su amplia sonrisa por el mundo y levantando expectativas en cada lugar que pisaba, incluso demostrando que ya no era un simple hombre, como cuando logró terminar la guerra en Nigeria al presentarse como un Mesías ¿ no es esa la labor de un Dios?. Pero como lo dijo luego de marcar su milésimo tanto, su máxima preocupación son los niños, por lo que es representante brasileño de la ONU y UNICEF. ¿Hay algo que le faltó batir a Pelé en su carrera como jugador? “mi padre marcó en un partido cinco goles de cabeza. Yo nunca pude hacer eso”, señala el rey, mostrando aún toques de mortal.
Pelé fue el hombre que revolucionó la historia del fútbol con su juego, el que hacía temblar a las defensas, el que nos enseñó a cabecear : “Ojos bien abiertos, boca cerrada”, el que inmortalizó la 10 del Santos y la de Brasil, el hombre que ganó tres copas mundiales, el que puso fin a una guerra, el que hizo que todos los niños quisieran ser futbolistas, Es el futbolista que algún día dijo: “Dios le dio dones a los hombres. A todos les dio algo. Yo era el último en la fila y cuando me tocó, casi se habían acabado los dones. Yo creo que se preguntó: ¿Y ahora, qué hacemos con éste? Pues que juegue fútbol”.
El que trabaja constantemente para ayudar a los niños, el que recibía todos los golpes y seguía corriendo, el que ganó cuanto premio se le puso por delante, incluyendo el mejor deportista de siglo, el que quebraba cinturas con un solo movimiento, el que cuyo nombre suena cada vez que un niño juega con un balón y que corre en una cancha con los pies descalzos. Pelé fue el hombre que dejó incrustada en la retina de millones de personas como un hombre puede tocar el cielo y convertirse en Dios al anotar un gol, al ser el primer y único jugador en anotar mil goles, en realidad 1281 goles.
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