Boom inmobiliario, palacios al borde del derrumbe y frecuentes incendios son parte de la capital del Nuevo Extremo. Las reglas del juego están claras: un Estado prácticamente ausente en la entrega de recursos para mantener con vida nuestro patrimonio arquitectónico. Huasos y damajuanas se han esfumado en una ciudad a la que, en palabras de Violeta Parra, le derrumbaron el cuerpo y penando está.
Por Nicolás Rojas Inostroza