El que cientos de usuarios del sistema de transporte público santiaguino, no paguen su tarifa cada vez que suben a una de esas micros bicolor, no es sólo un dolor de cabeza para el ministro Cortázar y para el gobierno, es un dolor que debe aquejar a toda la sociedad, ya que es más que no querer pagar: es un problema de mentalidad.
Paraderos desbordantes de gente en las horas de mayor afluencia. Caras de descontento e inconformidad. Las micros, si es que pasan, no se detienen a recoger a estos molestos pasajeros, quienes aguidizan sus ya acoloradas exclamaciones.
Por fin un bus se detiene, y la multitud se acerca, precipitadamente, para no perder la oportunidad de llegar a sus trabajos o a sus hogares. La mayoria de los usuarios se acercan a la puerta principal, mientras un número reducido de ellos corre hacia las puertas secundarias del bus, esperando a que éstas se abran, baje la gente que debe bajar, para luego subir a la micro con apuro, evitando que las puertas cierren en sus narices o les atrapen, vergonzosamente, alguna extremidad.